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- El whisky que eligieron los que podían elegir cualquier cosa



Hay productos que acumulan prestigio a base de precio, escasez y campañas de marketing bien financiadas. Y luego está Black & White, que sin pretenderlo acabó en las manos de James Bond, en las páginas de Fitzgerald, en la mesa del Emperador de Japón y en las bodegas de la Corte Real española. Todo esto siendo, como ahora, un whisky que no cuesta una fortuna y no presume de nada.
Esa paradoja define la calidad mejor que cualquier eslogan.
En 1962, cuando el mundo descubría a James Bond en Dr. No, había una botella de Black & White en el plano. No era casualidad ni product placement: era simplemente el whisky que aparecía de forma natural en la cultura de la época. Ian Fleming ya lo había incluido en Moonraker, la novela, y Bond lo bebía porque era lo que bebía la gente que sabía beber.
Dos años después, Cary Grant –uno de los actores más elegantes que ha dado el cine del siglo XX– lo pide en Father Goose (1964) con la misma naturalidad con que lo habría pedido en un bar de verdad. Y F. Scott Fitzgerald, que sabía bastante sobre el arte de beber bien y vivir mejor, lo menciona en Tender is the Night como si fuera parte del paisaje. Porque lo era.
Entre sus fans declarados fuera de la ficción figuran Walt Disney y Dean Martin. Dos hombres con gustos radicalmente distintos en casi todo y, aún así, unidos por la misma botella. Algo tendrá.

Si la cultura pop le dio a Black & White una dimensión cinematográfica, la historia le añadió otra más improbable todavía: la de bebida de cortes reales y mandatarios.
James Buchanan obtuvo Royal Warrants de la Reina Victoria, del Príncipe de Gales –futuro Eduardo VII– y del Duque de York –futuro Jorge V– en la misma década de 1890 en que estaba convirtiendo su empresa en un imperio. En 1901 creó The Royal Household, un whisky elaborado específicamente para la familia real británica. En 1955, ya bajo Diageo, Black & White recibió un nuevo Royal Warrant de la Reina Isabel II. No fue un honor puntual, sino una relación de décadas.
Pero eso no es todo. En 1907, el Emperador de Japón realizó un pedido. Ese mismo año, Black & White era proveedor oficial de la Corte Real española. En su apogeo, durante los 60, la marca operaba en 168 países y había recibido el Queen's Award to Industry por logros de exportación en dos años consecutivos.
Todo eso con un whisky que cualquiera podía comprar en la tienda de la esquina.

La mayoría de las marcas con este historial habrían subido el precio, lanzado una edición de coleccionista y construido un museo. Black & White siguió siendo lo que siempre fue: un blended Scotch suave, accesible y sin artificios, con más de 140 años de oficio detrás.
Hay una lección en eso sobre qué significa realmente la calidad. No es lo que cuesta. No es quién lo avala. Es lo que hay en el vaso, y si lo que hay en el vaso es bueno de verdad, tarde o temprano acaba en las manos correctas.
Fitzgerald lo sabía. Bond lo sabía. El Emperador de Japón, aparentemente, también.
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