P. Cuando echas la vista atrás, ¿sientes que te ha faltado la fama?
R. Yo soy la clase de artista que lleva su música dentro, que se esfuerza y trabaja en su camino personal... pero que no da “el pelotazo”. Si lo hubiera hecho seguramente estaría encantado, pero no me quita el sueño. A mi edad tengo a los hijos criados, la cabeza centradita, he salido adelante, gracias a Dios. Y hoy lo que me mueve es tocar lo que yo quiero, colaborar con quien me apetece, decidir qué hacer en cada momento, estar con mi gente...
P. ¿Cuál es tu definición del éxito?
R. Obviamente todo músico quiere llegar a la cima, pero muchos la alcanzan y no tienen los pies en el suelo. Quieren focos, dinero, ego. Para mí el éxito es vivir la música desde la humildad. Luego están los de las gafas de sol, que quieren ser artistas para tener una casa con piscina y cantan como un mojón [se ríe]. En cualquier caso, el público manda, y cada vez hay más estilos diferentes.
P. Esa diversidad es una de las cosas que celebra Johnnie Walker en su serie El Camino, de la que eres protagonista en su segunda temporada.
R. Sí, en la serie esto queda muy bien reflejado. Nach y Sara [Socas], por ejemplo, son dos fenómenos de la palabra. A raíz del programa he podido escucharles, y aunque no estaba familiarizado con su tipo de música, me han encantado. Cristina [Rosenvinge] tiene un recorrido muy grande... Y Albany cuenta que estaba de cajera y de golpe pega ese boom y le llega la fama. Es muy rico que existan todas estas historias, todos estos caminos diferentes.
P. ¿Qué ha supuesto para ti la serie El Camino?
R. Ha sido un regalo gordísimo. Un reconocimiento a una persona que está en la sombra. Me ha permitido aparecer en pantalla contando mi historia y también grabar mi propia canción con versos de Machado. Fue un encargo muy difícil: me dije, madre mía, ¿cómo voy a hacer para que la gente no me compare con el “golpe a golpe, verso a verso” de Serrat? ¿Cómo darle ese puntito mío? Pero la verdad es que ha quedado muy bonita.