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- Pavlenha: "Mi sueño es seguir levantándome cada mañana y saber que me dedico a lo que me gusta"


Pablo López Torres es cálido, cercano, cauto. El apodo Pravlenha le llegó por casualidad, en la residencia de estudiantes de Gran Vía, cuando alguien puso el vídeo de un ruso pronunciando la palabra "правлениe" (pravlenha) y todos rieron. Primero lo empleó como usuario de Instagram, después como nombre artístico, y eliminó la "r" años más tarde al analizar las búsquedas en Spotify y descubrir que la gente lo escribía de mil formas distintas.
El germen de su éxito tuvo lugar en pleno confinamiento, en casa de un amigo, con dos botellas de vino y un programa de edición descargado a toda prisa. Había perdido su trabajo, no quería quedarse solo en Madrid... Agarró la guitarra, grabó una cover de Ed Maverick y la subió a YouTube sin demasiadas expectativas.
Lo que vino después no estaba en ningún plan: sus propias letras, Spotify, sold-outs encadenados, dos álbumes y la Sala del WiZink Center agotada en diciembre de 2024.
Al otro lado de la cámara, este chico de 32 años nacido en Ponferrada, uno de los grandes artistas emergentes de nuestro país, habla despacio, con calma. Su tono es tan estable que cuesta discernir si está contento o deprimido. Le entrevistamos antes de su paso por el Café Comercial, durante el ciclo Johnnie Music en defensa de las salas de música en directo. Y lo cierto es que nos recuerda a las letras de sus canciones: de aspecto inofensivo, sí, pero, ¿en el fondo? Explosivo y altamente trascendental.
“Al descubrir a los Arctic Monkeys siendo crío, algo hizo clic. Dije: hostia, cómo me molaría tener una banda y hacer lo mismo que ellos"

Pregunta. Cuando eras niño, ¿qué querías ser de mayor?
Respuesta. No tenía ningún sueño en plan “quiero ser astronauta”. El fútbol tampoco era una posibilidad, ya que, aunque me gustaba, no tenía el nivel. Sí me atraía el mundo de la arquitectura, y de hecho estudié ingeniería de la edificación. Llegué a los 16 o 17 años sin tener ni puta idea. Y aunque la guitarra era mi hobby, no veía ese camino como una carrera.
P. ¿Cuándo contrajiste el virus musical?
R. Fue un poco a la fuerza. Mi padre y mi tío tocaban la guitarra, así que no había escapatoria. Me metieron en clases alrededor de los 10 años. Al principio era una obligación, pero poco a poco se convirtió en algo que esperaba con ganas cada semana. El impulso llegó cuando empecé a descubrir música por mi cuenta. YouTube fue lo primero: volvía a casa y lo único que quería era ver vídeos de conciertos. Me los sabía de memoria, fotograma a fotograma. Luego apareció Spotify y todo se abrió aún más: cantautores, bandas que no conocía nadie, universos enteros. A los Arctic Monkeys, por ejemplo, los descubrí a través de unos amigos de mi hermano que eran los guays del instituto.
P. ¿Quiénes eran tus referencias de esa época?
R. Sin duda los Arctic Monkeys. Cuando los descubrí siendo crío –unos chavales de 18 años reventándolo por todos lados– algo hizo clic. Me dije: hostia, cómo molaría tener una banda y hacer lo mismo que ellos. Me enganchó toda esa escena: los Strokes, The Kooks, todo el brit rock de los 2000 que me voló el cerebro. Luego mi hermano me metió en el rock nacional –Quique González, Calamaro, Pereza...– y empecé a absorber de todos los lados. Creo que eso se refleja en lo que soy ahora. Aunque tenga una banda, nunca voy a perder la esencia de cantautor. Sigo siendo un tipo que hace las canciones solo en casa con su guitarra.
P. Tuviste muy claro desde el principio que no querías ser el típico de la guitarrita.
R. Sí, totalmente. Cuando me vine a Madrid a estudiar me daba mucha vergüenza tocar delante de la gente. En alguna fiesta o cumpleaños te arrancabas con alguna canción, pero nunca fui el típico de "venga, voy a por la guitarra". Eso lo odiaba. A mí lo que me gustaba era encerrarme en mi habitación y estar a mi movida –molestando a mis compañeros de piso, que estarían hasta la polla de mí– pero sin necesidad de enseñarle nada a nadie. Eso de demostrar que molabas nunca nació de mí.
P. De repente pierdes tu trabajo, subes a YouTube una cover de Ed Maverick y sucede algo...
R. Fue durante el COVID. En mi empresa hicieron un ERE y me quedé sin trabajo. Pero no fue un: "me han echado, voy a perseguir mi sueño". Para nada. Estaba en Malasaña, nos habían confinado y no quería quedarme aislado en mi piso, así que me fui a casa de dos colegas. A uno le gustaban la fotografía y los vídeos. Un viernes, con un par de botellas de vino encima, dijimos: descargamos un programa, grabamos un acústico y lo montamos como sea. Lo subimos. Nunca había subido nada mío tocando. Al principio solo llegó a mi círculo, pero en el COVID todo el mundo estaba enganchado a las redes y pronto empezó a viajar más lejos. Ahí fue cuando dije: hostia, ¿qué cojones es esto?
“Un día en una terraza escuché mi música en un altavoz y pensé que eran mis colegas poniéndola. Pero no. La gente se estaba pasando mis canciones. Estaba totalmente desubicado”

P. ¿Ya habías empezado a componer tus propias canciones?
R. Tenía melodías en notas de audio... Letras no. Venía de un grupo de covers en Ponferrada donde componíamos en inglés, básicamente para no tener que decirle nada real a la gente [risas]. Nunca me había puesto a escribir en castellano. La cover de Ed Maverick gustó muchísimo y de repente me llovían mensajes: "¿Tienes canciones propias?". Y yo: “tío, no tengo ni una”. Ese fue el impulso. Estaba solo en Madrid, lejos de mi familia, con cosas dentro que no había podido procesar. Tenía mucho que contar. Me dije: igual este es el momento. Así que entre mayo y junio escribí las dos primeras canciones.
P. ...y las subiste a Spotify...
R. Las grabé en Asturias con un conocido que producía. Me lo hizo por una miseria. Fui una mañana a su casa, grabé los dos temas y los saqué en septiembre y octubre. Y a partir de ahí empezaron a colarse en listas. Un día, en una terraza, escuché mi música en un altavoz y pensé que eran mis colegas poniéndola. Pero no. La gente se estaba pasando mis canciones. Estaba totalmente desubicado.
P. ¿Cuándo sentiste que te convertías en artista?
R. En otoño de 2020 volví a Madrid sin trabajo. Empezaron a llegarme mensajes de pequeños sellos, peticiones de entrevistas, y ahí dije: igual no soy solo una canción. Escribí dos temas más y en ese momento, Antón [Carreño], de Taburete, me contactó. Lo conocía de Asturias y me propuso echarme un cable, mover esos temas por ahí. Fui a su local, grabé dos maquetas y cuando las escuchó con su gente de Voltereta Records la respuesta fue otra: “Pablo se queda con nosotros”. Me ficharon directamente para grabar un disco.
P. ¿Qué pasó la primera vez que te subiste a un escenario como Pavlenha?
R. Tengo dos momentos muy marcados. El primero fue en el Búho Real, en un micrófono abierto. Toqué mis dos temas y alguna gente que no conocía empezó a escribirme. Cuando volví a la semana siguiente, se sabían las canciones. Me las pedían. El segundo fue el primer concierto con banda, en la Copérnico. Cuando en la oficina me dijeron que íbamos a coger esa sala pensé: ¿qué cojones? Es enorme, hay COVID, estáis locos. Las entradas se habían estancado por una nueva ola del virus y dejé de mirar la ticketera. Pensé que no vendría nadie pero, al salir al escenario, estaba petado. Fue una locura.
P. De repente estabas viviendo ese sueño infantil: tu banda, escenarios llenos, gente cantando tus canciones.
R. Joder, sí. Cuando toqué en Copérnico, al mes estaba en Galileo y después en la BUT, todo seguido. Lo disfrutaba, pero no era consciente de la magnitud. El golpe llegó cuando paré entre noviembre de 2022 y junio de 2023. Ahí, mirando atrás, lo vi claro: “te ha pasado lo que llevas soñando toda la vida”. Me rayé por no haberlo vivido con más consciencia. Aunque también tuvo su lado bueno: al no pensarlo tanto no tenía miedo escénico, estaba ahí como Pedro por su casa. Ahora es diferente. Cuando estoy en un escenario, sea grande o pequeño, hay un momento en que pienso: hostia, esto está siendo bastante guapo.
“La cultura de las salas pequeñas es lo más importante para una banda. Ahí es donde realmente ves si tienes público o no”

P. Después de toda esa vorágine vino un bloqueo creativo.
R. Tal cual. Acabé los conciertos de Madrid, giré ese verano, y cuando terminó todo y empezamos a hablar de sacar música nueva, me autoexigí demasiado. Me quedé pensando si iba a estar a la altura. Y no me salía nada. Lo pasé mal de verdad.
P. ¿Cómo se lidia con la presión de no decepcionar después del primer éxito?
R. No quería repetir el disco anterior, que fue casi arcaico: grabado en el local con Antón y Guadas, produciendo los tres juntos. Para el segundo ya tenía la cabeza en otro sitio. El primero era tranquilo, acústico, de cantautor. Yo quería demostrar que también soy banda, y en directo soy potente de verdad. Ahí estaba el bloqueo: quería mostrar lo que realmente era. Y me costó mucho.
P. ¿Qué pasó en esa cala de Jávea?
R. Fui allí con mi novia por mi cumpleaños, y realmente no pasó nada mágico, no me vino una inspiración divina. Lo que sucedió es que pasé unos días desconectado de todo y cuando volví a Madrid estaba mucho más fresco. Me dije: escribe lo que te venga y ya. Me salieron "Ambolo", "Contigo sabe mejor" y "Tierno Galván" seguidas. Y lo vi claro: ya sé a lo que quiero sonar, y estas tres van en la misma dirección. A partir de ahí seguimos currando, pero ya con una visión clara de lo que íbamos a mostrarle a la peña.
P. ¿Serías capaz de describir tu estilo?
R. La verdad es que no [risas]. Sí que te puedo decir que hago canciones de autor tocadas con la fuerza de una banda.
P. ¿Cómo ves que tantas salas de música estén cerrando?
R. Me parece una putada. La gente se piensa que porque toques en el Sonorama luego vas a Valladolid y la sala va a estar petada. Y no. En un festival la gente muchas veces te ve porque cae de rebote y sí, les puedes gustar. Pero la cultura de vender tickets en salas pequeñas es lo más importante para una banda. Ahí es donde realmente ves si tienes público o no. A mí me parece mucho más satisfactorio ir a Coruña y tocar delante de 120 personas que han pagado por verme a mí que tocar en un festival. Disfruto mucho más en salas pequeñas.
“¿Festivales? Las grandes bandas empiezan en salas pequeñas. Sin el apoyo de marcas como Johnnie Walker, muchos no llegaríamos a tocar en la mitad de sitios"

P. ¿Qué tiene de especial eso de tocar en una sala pequeña para ti?
R. Me gusta esa cercanía. Me interesa conocer a la gente que me sigue y saber qué le han aportado mis canciones. Si al final del concierto alguien viene a hablar conmigo, pues hablo, y si hay que tomarse algo después, pues me lo tomo con ellos.
P. ¿Qué importancia tiene que marcas como Johnnie Walker den un empujón a la música emergente?
R. Mucha. Sobre todo por la visibilidad. El posicionamiento de una marca como Johnnie Walker es enorme, y que apuesten por bandas emergentes es increíble. La banda consolidada del mañana es la que hoy toca en una sala pequeña. En mi caso, desde que empecé, varias marcas me han apoyado y he visto los frutos. Sin ese apoyo muchas bandas no llegarían a tocar ni la mitad de sitios donde yo he podido tocar. Es un apoyo necesario. Ojalá sigan dándolo.
P. ¿Cuál ha sido tu momento Keep Walking?
R. Esa filosofía la he aplicado el último año. Llevo casi dos años sin sacar música, una decisión consciente: no quería autoexigirme ni marcarme plazos. A nivel de industria puede sonar raro, pero no me ha venido mal. De hecho, mañana lo anunciamos: la semana que viene sale nueva música. Ha sido un proceso en el que he compuesto más canciones que nunca, eligiendo con calma las que realmente me dicen algo. La gente lleva tiempo pidiéndomelo, pero si hubiera sacado discos sin parar, yo mismo estaría hasta los cojones de mi música.
P. ¿Qué es para ti el éxito en la música?
R. El éxito es poder hacer lo que te gusta, salir de gira, enseñar tus canciones y que la gente venga a verte. Con todo su sufrimiento incluido, porque cuando no vendes tickets hay un componente de angustia importante. A mí no me interesa pegar un petardazo. Ojalá, pero un pico así implica que la caída puede ser igual de grande. Mira Siloé: llevan años recorriéndose España poco a poco, agrandando la bola, y ahora les ha llegado ese salto. Ese es el éxito para mí: que el camino siga hacia arriba despacio. Si no, es irreal.
P. ¿Dónde te gustaría llegar? ¿Qué sueño tienes?
R. Mi sueño es seguir levantándome cada mañana y saber que me dedico a lo que me gusta y tener la estabilidad suficiente para seguir haciendo canciones sin presión. Sin tener que demostrar nada, sin que cada canción dicte mi futuro.
P. ¿Sientes que estás lejos de alcanzar ese sueño?
R. La verdad es que no, estoy muy a gusto. Siento que con las nuevas canciones podemos dar un salto, tengo mucha fe en ellas. Pero el sueño máximo sería poder hacer canciones sin presión. Que si algo no funciona, no pase nada.
"Cuando voy a Ponfe, lo único que quiero es coger a mis colegas y hacer una ronda de bares, contarnos la vida, vacilarnos cara a cara. Las redes están muy bien, pero si perdemos esa cercanía es una mierda"

P. ¿Qué relación tienes con Oski, que ha sido el maestro de ceremonias de este ciclo Johnnie Music y te ha elegido en el cartel?
R. Oski es el puto amo. Somos muy colegas. Le conocí por sus vídeos, porque ya me había mencionado en alguno, y un día le escribí: oye, ¿vienes a este concierto? Vino, y desde ese momento somos grandes amigos. Hablo con él todas las semanas, quedamos a tomar un café. Y aparte, el tío ha descubierto bandas como un animal, es un melómano de los pies a la cabeza, no para de escuchar música. En mi caso, estoy seguro de que gracias a él he crecido bastante.
P. ¿Los bares para ti, siguen siendo ese lugar donde reunirte con tu gente y disfrutar?
R. Sin duda. Cuando voy a Ponfe, lo único que quiero es saludar a mi familia, coger a mis colegas e irme a hacer una ronda de bares, contarnos la vida, vacilarnos cara a cara. Las redes están muy bien, pero si perdemos esa cercanía es una mierda.
P. ¿Con qué te gusta brindar?
R. En el camerino, y sin querer hacerle la rosca a Johnnie Walker, somos muy de tomarnos unos chupitos de Blue Label [risas]. No somos idiotas, somos músicos pero de morro fino.
P. Dame cinco bares que para ti sean siempre apuesta segura.
R. De Ponfe, el Siete Sillas seguro, y el Cocodrilo, que es donde di mis primeros conciertos. También el Blogger, que está justo debajo de mi casa. En Madrid, el Mual, que está cerca del Honky, por donde vivo. Siempre que quiero tomarme una caña tranquilo, me voy ahí. Y el Ochoymedio, al que fui muchísimo cuando llegué a Madrid en 2012 o 2013. Era una discoteca de casi mil personas que ponía la música que me gustaba, para mí fue un descubrimiento.
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