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- Los 10 bares que debes visitar para descubrir el talento de los finalistas de World Class España 2026


World Class España 2026 ha hablado. De los cientos de bartenders que empezaron esta carrera, solo diez han sobrevivido a las cribas, los retos y la presión para llegar a la fase decisiva: la que marca el camino hacia Escocia, donde se celebrará la gran final global. Y cada uno de ellos trabaja en un bar que merece la visita por derecho propio.
Este año, la competición ha introducido como destilado protagonista el recién lanzado Johnnie Walker Red Soul, la nueva expresión global de la familia Red Label: un whisky más suave, más dulce, sin notas ahumadas y diseñado para abrir las puertas del Scotch a quienes aún no se habían atrevido a cruzarlas. Los finalistas han creado cócteles de competición con este blended, y gracias a The Bar podrás degustarlos en los propios locales donde trabajan. Diez bares, diez bartenders, diez formas de demostrar que Red Soul es el lienzo perfecto para la coctelería contemporánea.
Prepárate para descubrir una ruta que cruza España de punta a punta: desde un beach club en la arena de Marbella hasta la cúpula del edificio más emblemático de la Gran Vía madrileña, pasando por speakeasies escondidos tras colmados paquistanís, palacios modernistas barceloneses y destilerías urbanas malagueñas.
Diez bares que no puedes perderte y que, durante todo el mes de mayo, tienen un aliciente extra: The Bar invita a sus lectores a probar gratis los cócteles de competición en las barras de sus creadores. Solo 20 plazas por local, por orden de registro. Lo que viene a continuación, por tanto, no es solo una guía: es un itinerario con reserva.

Hay que saber que existe para encontrarla. La Dama ocupa el entresuelo de la Casa Sayrach –esa fantasía modernista de Diagonal con Enric Granados que no fue declarada Bien Cultural de Interés Nacional hasta 2024, lo cual dice más sobre la lentitud institucional que sobre el edificio– y funciona como uno de esos lugares que Barcelona solo revela a quienes buscan más allá de la fachada. Literalmente: la fachada, aquí, ya es una obra maestra.
Lo que hay dentro es difícil de clasificar, y quizá ese sea el punto. Restaurante, coctelería, galería, club con vocación de salón decimonónico: todo a la vez sin parecer que se esfuerza en ser nada. Los terciopelos dialogan con obras de Delaunay y Calder; los espejos antiguos multiplican una penumbra que huele a los años 80, cuando el espacio era un club semiclandestino para una Barcelona que todavía se estaba inventando a sí misma.
Desde abril de 2025, la barra lleva la firma de Andrea Civettini, bartender italiano que aterrizó aquí vía Paradiso –es decir, vía uno de los mejores bares del planeta– y que entiende el cóctel más como composición que como receta. Técnica clásica al servicio de ideas que no existían hace cinco años, servida en un entorno donde el art nouveau impone su propio tempo: aquí nadie tiene prisa, y eso se nota en cada trago.
Marbella lleva décadas perfeccionando el arte de vender un atardecer, pero Playa Padre ha encontrado la manera de que no parezca impostura. Junto al puerto pesquero —es decir, en la Marbella que huele a sal de verdad y no a ambientador de boutique hotel—, este beach club cruza la estética boho de Tulum con una cocina mediterránea de acento mexicano y un programa de DJs internacionales que convierte la hora dorada en algo más que un filtro de Instagram. Hamacas balinesas a metros del agua, carta de ceviches y tacos que funcionan mejor de lo que tienen derecho a funcionar, y una atmósfera que va mutando con la luz: chiringuito luminoso a mediodía, coctelería con vocación tropical al caer la tarde, pista al aire libre cuando se pone el sol. Lo interesante es que la barra no es un complemento del paisaje, sino que practica mixología de autor con producto local y una personalidad propia que aguantaría perfectamente sin la vista al mar.
Detrás de ella está Ángel García, alicantino con recorrido entre Las Palmas, Madrid y la Costa del Sol, semifinalista en 2025 y de vuelta con la determinación tranquila de quien sabe que le quedó algo pendiente. Su método es menos espectacular de lo que sugiere el entorno: observar, preguntarse, dudar hasta comprender. Pídele lo que esté preparando para la final mientras el sol cae sobre el Mediterráneo y descúbrelo antes que nadie.


El Barrio de las Letras lleva años disputándole a Malasaña el título de epicentro coctelero de Madrid, y locales como Fat Cats son el tipo de argumento que cierra debates. La premisa ya engancha: el bar recrea la leyenda de Peter Salerno y Dominick Latella, aquella pareja de ladrones elegantes que saqueaban mansiones americanas en los setenta mientras sus dueños cenaban fuera. De ahí el interiorismo —firmado por Alejandra Pombo— con su terciopelo, su madera oscura y ese aire de guarida lujosa donde todo parece ligeramente robado de otra época. Funciona como un speakeasy sin llegar a serlo: la entrada no esconde secretos, pero una vez dentro cuesta recordar que al otro lado de la puerta hay una calle con turistas buscando el Mercado de Antón Martín. La carta, desarrollada en colaboración con 1862 Dry Bar, reinterpreta clásicos con un toque canalla que encaja con la narrativa del local; aquí un Negroni no es solo un Negroni, es parte de un atraco con muy buena iluminación. La cocina acompaña sin estorbar, y la música —bien puesta, nunca invasiva— completa un ambiente que funciona igual a las ocho de la tarde que a la una de la madrugada.
Detrás de la barra, Antonio Barbato, italiano de ADN hostelero que se define como clásico y minimalista, con la convicción de que sin intención artística un cóctel es solo líquido mezclado. Semifinalista de World Class con ambición declarada de llegar a la final global, merece la pena acercarse a Fat Cats para comprobar cómo traduce esa filosofía en copa.
Málaga se ha pasado la última década convenciendo al mundo de que es mucho más que playa y espeto, y La Destilería es de esos sitios que demuestran que el argumento ya no necesita matices. En pleno centro, a un paseo de la calle Larios, este local consigue algo que muy pocos intentan y casi nadie logra: ser microdestilería urbana, cocktail bar de autor y escenario de música en vivo sin que ninguna de las tres patas parezca un capricho ni un relleno. Los alambiques están a la vista, los botánicos son propios, y la barra de ladrillo rodeada de columnas robustas tiene esa estética industrial con calidez que en otros locales se queda en mood board de Pinterest pero aquí funciona de verdad porque detrás hay producción real. Uno bebe sabiendo que parte de lo que tiene en la copa se ha destilado a tres metros de donde está sentado, y eso cambia la experiencia más de lo que parece.
Detrás de la barra, Carlotta Iacuitto, italiana de nacimiento y malagueña de adopción desde hace cinco años, con un método donde cada ingrediente tiene un propósito y cada técnica una justificación. Es su primera vez en World Class, y ha llegado hasta la final de Valencia. Razón de más para acercarse a calle Beatas y comprobar qué pasa cuando alguien con esa precisión tiene un laboratorio entero a su disposición.


Si alguien quiere entender qué clase de local es Clandestino, conviene empezar por el incendio. En mayo de 2021, cuando la hostelería española apenas empezaba a respirar después de la pandemia, un fuego arrasó este gastrobar de la calle Cervantes —perpendicular a la Calle Ancha, en pleno Barrio Romántico— y la columna de humo llegó a tapar la Catedral. Lo que hicieron sus dueñas, las hermanas bercianas Lita y Belén Santín, fue triplicar el espacio, absorber el local contiguo y reabrir en diciembre con más metros, más ambición y una escultura de Amancio González presidiendo la sala. El grafiti del pensador que da nombre al local sobrevivió a las llamas. Eso dice bastante del sitio.
Hoy Clandestino es un loft de estética urbanita —suelos de hormigón, paredes rotas a propósito, maderas recicladas, neones, arte urbano— con recomendación de la Guía Repsol y una cocina que no responde a un solo patrón: lasaña rota de vaca, pad thai, curris de inspiración asiática, ceviches, fideuá negra y una carta de cócteles tanto clásicos como de autor que sostiene por sí sola la visita. El ambiente muta con las horas: gastrobar de producto a mediodía, coctelería con criterio por la noche.
Detrás de la barra para esta ocasión, Cristian Martínez Sadia, natural de Caín de Valdeón —Picos de Europa, nada menos— y veterano de World Class con experiencia de finalista. Su coctelería, como su origen, tiene algo de montaña: ingredientes con raíz, técnica sin aspavientos y una vocación por demostrar que la vanguardia líquida no necesita código postal de metrópoli.
Que Dr. Stravinsky era ya uno de los mejores bares de Barcelona —y del mundo, según el ranking 50 Best Bars— no es noticia. La noticia es lo que ha hecho el equipo de César Montilla con el local de al lado: convertirlo en un speakeasy al que se accede atravesando un museo dedicado a Grigori Stravinsky, un alquimista y perfumista ruso cuya biografía es fascinante, documentadísima y completamente inventada. Fotografías de época, frascos antiguos, notas manuscritas, todo dispuesto con una coherencia que haría dudar al más escéptico. Detrás de la última vitrina, una cortina. Detrás de la cortina, la Parfumerie.
Lo que hay dentro funciona como un club de socios con barra de mármol verde, muebles corrugados y una estética que evoca las antiguas perfumerías parisinas —pensemos en Officine Universelle Buly, pero con coctelera—. La carta propone dieciséis reinterpretaciones de clásicos, cada una acompañada de tres perfumes comestibles a elegir: un mismo Dry Martini puede ser cítrico, herbal o ahumado según la fragancia que el cliente seleccione. El ochenta por ciento de los ingredientes se elabora in-house, en la línea de su hermano mayor. Y para quien quiera ir más lejos, el Playroom —aforo mínimo, solo con reserva— funciona como laboratorio de experimentación y masterclass.
Al frente de la barra, Davide Norcini, florentino afincado en Barcelona desde hace ocho años y TOP 3 en la final de World Class España 2025. Vuelve este año con más rodaje, más seguridad y el respaldo de un proyecto donde la coctelería se piensa desde el olfato antes que desde el paladar. Merece la pena comprobarlo in situ.


Valencia tiene la costumbre de resolver sus mejores planes mirando hacia arriba, y Àtic lleva años siendo la razón más convincente para hacerlo. En la azotea del Palau Alameda —un complejo de 2.700 metros cuadrados que incluye club, sala de eventos y este rooftop como joya de la corona—, la terraza ofrece vistas panorámicas al skyline de la ciudad y al antiguo cauce del Turia que funcionan igual de bien a la hora del tardeo que a medianoche. El espacio tiene la inteligencia de desdoblarse: Àtic Bar, más casual, con tapas mediterráneas reinventadas y ambiente desenfadado; y Àtic Restó, donde la cocina sube de tono con producto de mercado y técnica contemporánea. Los domingos, Bamboleo —su tardeo con rumba en directo— se ha convertido en uno de los planes más codiciados de la ciudad. La carta de vinos hace guiños a las denominaciones valencianas, y el diseño contemporáneo, las plantas y la iluminación cálida componen un escenario que muta con la luz sin perder nunca el pulso.
Desde que Diego Godia —campeón de España de coctelería, dieciocho años en la profesión y catorce gestionando barras— asumió la dirección del Palau Alameda, la propuesta líquida del rooftop dejó de ser un complemento de las vistas para convertirse en destino por derecho propio. Su carta, bautizada "Beberse Valencia", combina técnica de alta coctelería con una presentación que no necesita el atardecer para impresionar, aunque desde luego no le viene mal.
No hay cartel. No hay puerta visible. Lo que hay es un colmado paquistaní en una finca del siglo XVIII, y hay que tener cierta fe —o cierta información— para encontrar la entrada. Pero eso es precisamente lo que Monk lleva haciendo desde 2022: exigir un pequeño acto de fe antes de recompensar con creces. Lo que aparece al otro lado es uno de los espacios más espectaculares de la coctelería barcelonesa: arcos y bóvedas neogóticas bañados en instalaciones de arte lumínico que exploran las variedades del rosa y del violeta con una sensibilidad que recuerda a James Turrell, un mosaico dedicado a Thelonious Monk, un altar reconvertido en barra y, al fondo, una zona de club donde un DJ predica desde su tribuna y los cócteles salen de tiradores en lugar de coctelera. Hasta el baño es una experiencia: música minimalista y un sistema de luz que altera la percepción del color.
Monk nació del Grup Confiteria —la misma familia que creó Paradiso, que fue número uno del mundo— como su hermano mayor y más solemne. Si Paradiso es espectáculo y relumbrón, Monk es coctelería más noble, más reposada, más precisa. Cada ambiente tiene su propia paleta cromática, su propia carta, su propia temperatura emocional. El éxito ha sido tal que en 2025 abrieron una segunda sede en la terraza del Time Out Market, pero el original del Born sigue siendo el que exige el peregrinaje.
En esa barra, Filippo Calligaro, nacido entre las Dolomitas italianas y curtido durante ocho años en Tenerife, debuta en World Class con una filosofía que suena sencilla y es difícil de ejecutar: coctelería accesible para todos, sin aspavientos pero sin concesiones. Merece la pena ir a comprobarlo, si consigues encontrar la puerta.


A escasos metros de Callao, en plena Gran Vía, hay una cola que no conduce a ningún musical. Lo que hay al final es una puerta con mirilla, un timbre y una contraseña que cambia cada mes y que hay que buscar en Instagram. Si la dices bien, unas escaleras te bajan a un sótano con techos abovedados, ladrillo visto y luz tenue donde el Madrid del siglo XXI desaparece y aparece la América de la Prohibición. Bad Company 1920 nació en plena pandemia –cuando casi todo estaba prohibido, un speakeasy sobre la clandestinidad tenía un sentido que rozaba lo poético– y desde entonces se ha colado en el Top 500 Bars del mundo sin dejar de ser, ante todo, una experiencia teatral.
Porque lo que hace Bad Company no es servir cócteles: es esconderlos. Cada trago llega dentro de un objeto –un sombrero, un extintor, una saca de billetes– y parte de la gracia está en descubrir cómo beberlo. Los bartenders van en atuendo de época, la carta tiene forma de panfleto con nombres de personajes de los veinte, y es perfectamente posible que te reciban advirtiendo de que hay una redada. La parte de arriba funciona como tapadera: una tienda de importación de objetos americanos vintage que, en realidad, son la vajilla del bar. El aforo es reducido, el ambiente íntimo, y conviene llegar temprano.
Detrás de la barra, Vincenzo Amorese –Enzo para los amigos–, italiano con más de diez años en hostelería que repite en World Class con la determinación de quien ya conoce el formato y vuelve a por más. Razón de sobra para conseguir la contraseña de este mes y bajar a comprobarlo.
El edificio más fotografiado de Madrid ha vuelto a la vida, y lo ha hecho a lo grande. Tras siete años con las puertas cerradas y más de cinco de obras, el icónico Edificio Metrópolis –inaugurado en 1911, coronado por la Victoria Alada, esquina exacta donde Alcalá se encuentra con Gran Vía– reabrió en enero de 2026 como Club Metrópolis, el proyecto más ambicioso del Grupo Paraguas hasta la fecha. Y eso, viniendo de quienes crearon Amazónico, Ten con Ten y The Library, es decir bastante.
Seis plantas, 6.000 metros cuadrados, siete conceptos gastronómicos, un hotel boutique de 19 habitaciones –todas distintas entre sí– y un interiorismo de Lázaro Rosa-Violán pensado para que cada rincón cuente algo. La planta baja es pública: la Barra de Oricios para marisco y Tasca Fina para cocina mediterránea, más dos terrazas a pie de calle –una a Gran Vía, otra a Alcalá– que en primavera serán las más disputadas de la ciudad. En el sótano, el Spa de Langostas funciona como restaurante de brasas y club nocturno. El resto –segunda planta con club privado, habitaciones en la tercera y cuarta, y en la cúspide La Cúpula– es territorio de socios, y el primer cupo ya está cubierto con lista de espera.
La Cúpula es precisamente donde todo cobra sentido para esta historia: un espacio experiencial dedicado a la coctelería justo bajo la escultura que define el skyline madrileño. Y ahí, Ziad Ali Ighlane, que se apuntó a World Class casi sobre la bocina y ha demostrado que a veces la urgencia es el mejor combustible. Si hay un bartender al que le toca estar a la altura de un edificio histórico, merece la pena subir a comprobar cómo lo resuelve.

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